2/18/2009

Entrevista con Diosatán

Sucedió en uno de esos fríos días de invierno en Chicago, era un día gris como el problema que vivía y me había hecho llegar a ese parque en las orillas del lago Michigan. Llegué allí a meditar una situación que me era tan difícil de explicar a otro… esas situaciones personales que agotan la mente y se busca aislamiento para no reventar.

-¡Hey, compa!... por favor, ¿podés ayudarnos?...

Mi mente regresa años luz y volteo, entonces veo en una banca, a orilla del estrecho camino, dos individuos, un joven con cara de adolescente se hallaba parado, y el otro, mucho más viejo, estaba sentado, este último sujeto tenía un señorío senil, con sus cabellos blancos haciendo tono con la nieve, y un enorme puro en su mano izquierda.

-El amigo aquí acaba de llegar a Chicago de El Salvador, -me dijo el viejo- quedó en verse con alguien en el parque pero no llegó y se quedó a dormir conmigo en el albergue, el volado es que no ha comido, y necesita ayuda, quizás vos le podés ayudar... -me dijo en tono y gesto salvadoreño.

El anciano era piel pálida, frente ancha arrugada, con una sucia bolsa plástica a la par, parecía “homeless” y me apuntaba con un enorme puro en su mano. Yo alejo mi vista del viejo para ver al joven…, y me topo con la sorpresa que la cara me es familiar.

-Mirá, quien quita vos podás ayudarnos en la discusión que tenemos con el compita aquí... –dijo el viejo mientras encendía a bocanadas la punta del formidable puro.

-Pues no sé sobre qué están platicando y si no anduviera corto de tiempo me quedaba averiguar.

-Mirá, esto te va ayudar a sacar el clavo que te trajo aquí, pero permíteme presentarnos, primero al amigo aquí, yo le llamo Dídimo, como llamaban al Apóstol, y yo me llamo Diosatán…, pues mirá, estamos discutiendo cuál es la peor muerte que existe, el cipote aquí dice que en el terruño estudió medicina como vos, y dice que para él la Rabia es la peor muerte porque es dolorosa, lenta, y lo peor es que morís consciente... Pero sin paja, para mí, la peor muerte es morir engañado, creyendo que uno la ha hecho en la vida y en realidad ha valido verga totalmente”

Me pareció no comprender al viejo, pues aunque lo oía, no lo escuchaba, mis sentidos estaban tratando de identificar al joven. Me estremecí de nuevo al ver directamente su cara, su pelo negro ondulado, quebradizo, y largo, la mirada avispada y sus ojos cual pececillos de alguna laguna negra… ¡qué sé yo cómo llamarle a eso que vi en sus ojos! Yo estaba totalmente seguro había visto esa cara, aunque no la podía ubicar.

-¿Porqué piensan que soy de El Salvador? ¿Nos conocemos acaso? –dije defensivamente.

-Conocerte quizás es una suerte para Dídimo, pues consigue tu ayuda, pero es más suerte para vos él conocerle a él, pues, entre otras cosas, la más barata es que te da chance de hacer tu buena acción de cada día, como buen Boy Scout que fuiste. Mirá con él no nos ponemos de acuerdo, vos nos podrías ayudar dándonos una cuña sobre el tema..., ¿cuál crees vos es la peor muerte?preguntó el viejo dando una bocanada de humo al puro.

Por un instante me sentí ofuscado e hice movimiento de alejarme...

-No estamos loretos amigo, sólo es un tema de plática, se lo comentaba al señor aquí, como para no aburrirnos, sin hacer nada, y él, al verlo, me dijo que lo conocía y que usted estudió medicina como yo y que lo llamáramos… –Dijo Dídimo.

Por un momento me paralicé al oír su voz, no porque supiese el viejo que yo estudié medicina, sino por el timbre de la voz de Dídimo, un sonido casi metálico, nicotínico, yo estaba seguro ya la había oído antes, definitivamente esa voz y esa cara me eran conocidas…, y la voz de dídimo conminaba una respuesta.

-Lo siento, pero no comprendí el asunto que discuten, no sé como saben todo eso de mí, y no sé como sentirme, si sorprendido, halagado, chiveado, pero sí curioso por saber como saben de mí...

-Mirá –dijo el viejo, - yo puedo ser un don nadie, como el más popular, el más inocente como el más culpable... Somos salvadoreños como vos. Ya nos vimos físicamente, ya nos conocemos, es suficiente entre compas, la cuestión es prestarle una mano a Dídimo..

-¿Cómo te llamás? -pregunté dirigiéndome a quien el viejo llamaba Dídimo, y entregándole dos dólares que andaba.

-Me llamo Santo, gracias por esta ayuda, y le aseguro amigo que dando es como recibimos.

-¿Cuándo llegaste?

-Llegué a Chicago hace dos días, pero crucé Matamoros hace una semana. Pero me disculpan me vaya a comprar algo porque realmente tengo hambre… y se fue

-No puede ser, me dije a mí mismo, y dejé escapar una sonrisa insegura, me admiraba yo mismo de la fugaz idea que en mi mente se cruzó cuando trataba de recordar quién era el joven.

-Tal vez lo que más necesitas es hablarte vos mismo -me dijo Diosatán mientras se levantaba de la banca-, si no te hablás con vos mismo, no vas a poder hablar con nadie... tu clavo es que te estás olvidando quien sos vos, es como verte vos mismo en un espejo y no reconocerte..., me decía mientras se alejaba.

Tamen
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